La leyenda del Cristo de la Luz: el caballo que se arrodilló en Toledo

Cuenta la leyenda que, cuando Alfonso VI entró en Toledo en 1085, su caballo hincó las rodillas delante de una pequeña mezquita y se negó a dar un paso más; dentro, dicen, se encontró un crucifijo alumbrado por una lámpara que ardía desde la época visigoda. Es una leyenda, y bastante más joven de lo que parece: no la hemos encontrado escrita antes de 1845. Los documentos medievales cuentan otra historia: casi cien años después de la conquista, el edificio seguía siendo una casa.

Fachada de ladrillo de la mezquita del Cristo de la Luz, en Toledo, con arcos y una franja de letras en lo alto

¿Qué cuenta la leyenda del Cristo de la Luz?

La escena tiene todo lo que pide una buena leyenda. Mayo de 1085: Toledo se ha entregado por pacto y el rey castellano hace su entrada en la ciudad. Al pasar junto a una mezquita pequeña, a un paso de una de las puertas de la muralla, su caballo dobla las patas y se arrodilla. No hay forma de hacerlo avanzar. Alguien entra a mirar y encuentra un crucifijo escondido, con una lámpara que, contra toda lógica, ha seguido ardiendo durante los casi cuatro siglos de dominio musulmán.

Según quién lo cuente, el caballo no es el del rey, sino el del Cid. Hoy predomina la versión del rey. Y junto al relato circulaba otra tradición: la primera misa de la Toledo cristiana se habría dicho allí mismo.

¿Desde cuándo se cuenta?

Aquí empieza lo interesante. La primera vez que hemos encontrado la leyenda por escrito es en 1845, en Toledo pintoresca, de José Amador de los Ríos. Y él la recoge con distancia: «no falta quien asegura» que el caballo del Cid se arrodilló, y que la lámpara había ardido 369 años. Ese mismo año vio en la ermita una cruz de madera con un letrero que decía que era el escudo dejado por Alfonso VI cuando ganó Toledo y se dijo allí la primera misa.

En 1857, Sixto Ramón Parro, en Toledo en la mano, duda entre el caballo del rey, «según unos», y el del Cid, «según otros»; a él le salen 370 años de lámpara. Y añade que aquella misa la dijo el abad Bernardo de Sahagún.

En 1888 la leyenda ya tiene hasta un objeto que enseñar. Juan Moraleda, en sus Tradiciones y recuerdos de Toledo, habla de una losa más clara en el empedrado, a dos pasos de la puerta de la ermita: sería la piedra donde se arrodilló el caballo, la misma que había tapado la imagen escondida. Los guías ya la enseñaban. Moraleda cuenta incluso que un vecino impidió, navaja en mano, que dos oficiales franceses la arrancaran. Es la leyenda contando su propia historia. No sabemos si esa losa sigue en su sitio: no hemos podido comprobarlo.

¿Y antes de 1845? En las búsquedas hechas sobre los textos digitalizados de los historiadores toledanos de los siglos XVI y XVII (Pedro de Alcocer, 1554; Francisco de Pisa, 1605; Antonio de Quintanadueñas, 1651; Pedro de Rojas, 1654) no aparece. Pisa nombra la «hermita de la Cruz» de los freires de San Juan, y no cuenta ningún milagro. Una ausencia en búsquedas digitales no prueba que nadie la contara antes, pero dice mucho: si existía, no parece que fuera la historia famosa que es hoy.

¿Qué dicen los documentos medievales?

El documento clave es de 1183. Ese año, Domingo Pérez y su mujer, Juliana, donaron a la Orden de San Juan de Jerusalén una casa llamada de Santa Cruz, en el barrio de San Nicolás, junto a la puerta que el texto llama «de Bani Abardon», la que hoy conocemos como Puerta de Valmardón. Y la describen así: «que olim fuit mesquita maurorum», que en otro tiempo fue mezquita de los moros. La donaban para que la consagraran como capilla.

Es decir: casi cien años después de 1085, la antigua mezquita no era una iglesia, sino una casa particular. Por eso la historiadora Susana Calvo Capilla, que ha estudiado estos documentos, concluye que hay que descartar las leyendas que sitúan su consagración el día en que Alfonso VI entró en la ciudad.

¿Por qué acabó en manos privadas en lugar de convertirse en iglesia? Calvo propone una explicación que ella misma llama arriesgada: que fuera a la vez oratorio de barrio y lugar de enseñanza de la familia que la levantó. Es una hipótesis.

Poco después llegó el paso definitivo. El arzobispo Gonzalo Pérez, a ruego del rey Alfonso VIII, «instauró» la iglesia de los hospitalarios de Santa Cruz junto a la puerta de Valmardón, con condiciones estrictas: nada de parroquianos ni de diezmos. El año de ese documento se discute (se suele dar 1186, pero la fecha tal como se ha transcrito equivale a 1182). Lo seguro es que fue a finales del siglo XII. Por entonces se le añadió el ábside cristiano, que sirvió de modelo a otros de Toledo.

Hecho o leyenda.

  • Leyenda: el caballo de Alfonso VI (o del Cid) que se arrodilló, el crucifijo hallado y la lámpara encendida desde los visigodos. La hemos encontrado escrita desde 1845; antes, en lo revisado, no aparece.
  • Tradiciones documentadas en el siglo XIX: la losa clara del empedrado como piedra del caballo (1888) y la primera misa en la ermita (letrero visto en 1845).
  • Hecho documentado: en 1183 era una casa «que en otro tiempo fue mezquita», donada a la Orden de San Juan para hacerla capilla; a finales del siglo XII se instauró como iglesia.
  • Hecho: la inscripción de la fachada nombra a Ahmad ibn al-Hadidi y da el año 390 de la hégira (999-1000).
  • Hipótesis: que la obra de 999 reformara un oratorio anterior; que fuera también escuela de la familia fundadora.

¿Quién construyó la mezquita? Una firma de ladrillo

La mezquita conserva algo mejor que una leyenda: su partida de nacimiento. En lo alto de la fachada corre una inscripción en letra cúfica que atribuye la obra a Ahmad ibn al-Hadidi y fecha su final en el año 390 de la hégira, entre diciembre de 999 y enero de 1000. Las letras no están talladas en piedra: se formaron con ladrillos recortados y puestos de canto, un procedimiento excepcional. Según la lectura de los epigrafistas, la inscripción nombra también a quienes dirigieron la obra: Musa ibn Ali, el arquitecto, y Sa'ada. Algunos investigadores proponen que lo de 999 fue la reforma de un oratorio anterior.

Esa firma estuvo tapada mucho tiempo. Reapareció en 1899, durante unas obras de reparación, al picar la cal de la casa del conserje, que estaba adosada a la fachada. Al año siguiente, en 1900, la ermita fue declarada Monumento Nacional.

¿Por qué se llama Cristo de la Luz?

La lámpara de la leyenda encaja tan bien con el nombre que es tentador pensar que lo explica. Pero los papeles cuentan otra cosa. En los documentos antiguos el edificio es la casa, la iglesia o la ermita de Santa Cruz, o «de la Cruz». En 1899, al pedir que se declarara monumento, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando la llamaba todavía «Ermita del Santo Cristo de la Cruz y de Nuestra Señora de la Luz». Así que, en lo que conocemos, la luz llega al nombre mucho después de 1085, y unida a una advocación de la Virgen.

A la imagen se le colgó además, en siglos pasados, otra leyenda mucho peor, que acusaba a los judíos de haberla herido. En 1845 ya la contaba un cartel en la ermita, y en 1862 la representaba una pintura. Relatos así se repitieron en muchas ciudades y sirvieron para alimentar el odio: no cuentan un hecho, sino un prejuicio.

Dónde escucharla

Podtour cuenta esta historia en la ruta Mezquitas, mozárabes y mudéjares de Toledo, en la parada «Bab al-Mardum: la mezquita de 999 y la puerta del mayordomo», ante la fachada de la inscripción. Justo antes, la parada de la Puerta de Valmardón cuenta el enigma de su nombre árabe, Bab al-Mardum, que nadie sabe traducir con seguridad.

Si es tu primer paseo por Toledo, la ruta gratuita, Puertas de Toledo y San Juan de los Reyes, se pregunta en la Puerta de Alfonso VI por dónde entró el rey en 1085. Y en la guía de Toledo tienes lo práctico para preparar el viaje.

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