El rey don Pedro y la vieja del candil

La respuesta corta: la leyenda cuenta que una noche el rey Pedro I de Castilla mató a un hombre en una calleja de Sevilla, que una anciana lo reconoció a la luz de su candil por el ruido que hacían sus piernas al andar y que el rey, juez de sí mismo, mandó poner su propia cabeza en el lugar del crimen. No hay ningún documento del siglo XIV que lo cuente: las versiones escritas más antiguas que conocemos son del XVII. Lo que sí es real es la esquina. Allí hubo, al menos desde el siglo XVI, una cabeza antigua del rey, y hacia 1600 la ciudad la sustituyó por un busto en una hornacina. Y la cabeza vieja tiene su propia historia: se la llevó un duque.

Busto del rey don Pedro en su hornacina, en una esquina del centro de Sevilla junto a la calle Candilejo

¿Qué cuenta la leyenda de la vieja del candil?

La versión más completa la escribió el analista sevillano Diego Ortiz de Zúñiga en sus Anales, publicados en 1677, y la sitúa en 1354. El rey solía salir solo de noche y, en una de esas salidas, mató a un hombre, por dureza o en una pelea, sin un solo testigo. Dio por hecho que nadie lo descubriría.

Pero al día siguiente apareció el cadáver, y la justicia empezó a tomar declaración a los vecinos. Una anciana que vivía cerca contó que, al oír el choque de las espadas, se había asomado con un candil en la mano. No llegó a verle la cara, porque iba disfrazado. Aun así, estaba segura: era el rey. Lo había reconocido por un ruido muy suyo, el que hacían las canillas de sus piernas al andar.

El final es lo que ha hecho famosa la historia. El rey no castigó a la mujer, sino que la recompensó. Y como entonces se exponían las cabezas de los delincuentes en el lugar del delito, ordenó que pusieran allí la suya, copiada en piedra.

Los detalles bailan según quién lo cuente. Para Manuel Chaves, en 1894, fue una pendencia con un desconocido, y al rey no lo delataron las canillas, sino las choquezuelas, las rótulas.

¿Rey cruel o rey justiciero?

Pedro I reinó en Castilla en el siglo XIV y dejó en Sevilla muchas huellas, empezando por el Alcázar, que reconstruyó. La posteridad le dio dos apodos opuestos: el Cruel y el Justiciero. La crónica principal de su reinado la escribió Pero López de Ayala, que sirvió a sus rivales, los Trastámara, y no lo trata con cariño. En Sevilla, en cambio, tuvo defensores entusiastas. Chaves sostenía que el rey al que llamaban Cruel merecía el nombre de Justiciero, y que así lo había entendido Felipe II.

Por eso la leyenda del candil ha durado tanto: sirve a los dos bandos a la vez. Tiene un rey que mata en un callejón oscuro y un rey que, descubierto, dicta sentencia contra sí mismo.

¿Desde cuándo se cuenta la leyenda del Candilejo?

Desde mucho después de la muerte del rey. Lo más antiguo que hemos encontrado sobre esa esquina es del siglo XVI y, tal como nos ha llegado, no habla de ningún crimen. Es una nota del erudito Argote de Molina: en la calle del Candilejo, en la collación de San Isidoro, había una cabeza del rey don Pedro «imitada del natural, de barro cocido, con colores». La calle ya se llamaba así. Según el historiador José Gestoso, aquella esquina se había conocido antes como los Cuatro Cantillos.

El crimen aparece por escrito en el siglo XVII. Un autor sevillano lo cuenta en 1630, «para conservación de la tradición». En ese mismo siglo, un manuscrito que Gestoso consultó en la Biblioteca Colombina recoge noticias del rey don Pedro «de que se hace memoria por tradición». Y Zúñiga, en 1677, se apoya en las memorias de un tal Maestro Medina, del siglo XVI, que no hemos podido localizar.

Zúñiga no tenía dudas. Escribió que, aunque se ignoraran algunas circunstancias, no se podía dudar de su certeza, y la prueba era el retrato de la calle. Fíjate en el razonamiento: la cabeza demuestra la historia, y la historia explica la cabeza. Dos siglos después, Gestoso también se inclinaba a aceptarla, porque no encontraba otra razón para que alguien hubiera puesto la imagen del rey en aquel cruce. Pero son opiniones de estudiosos, no documentos. De la época del rey no hay nada.

¿Qué hay de cierto en la calle y el busto?

Bastante, aunque no sea el crimen. Lo que está documentado es la vida del objeto.

A finales del siglo XVI, la casa donde estaba la cabeza vieja, propiedad de Pereda, jurado de la ciudad, amenazaba ruina. Antes de rehacer la pared, el jurado informó al Cabildo, y la ciudad acordó costear una efigie de piedra: el rey de cintura para arriba, con ropas e insignias reales y el escudo de Castilla y León, colocado en un nicho en el mismo sitio, «porque esta memoria no se perdiese». El 24 de septiembre de 1599, el escultor Marcos de Cabrera pidió a la ciudad que nombrara a alguien para examinar su obra. La orden de colocarla no llegó hasta 1608, y en 1612 todavía se anotaban gastos. Chaves, a finales del XIX, la daba por colocada en 1600.

El cambio no convenció a todos. El autor de 1630 recordaba una cabeza de mármol «de hermosísimo rostro» y se quejaba de que la hubieran sustituido por un medio cuerpo «de diferentísimo rostro». Ni siquiera sobre el material hay acuerdo: barro según Argote, piedra según Zúñiga, mármol según aquel autor.

¿Qué pasó con la cabeza original?

Lo contó un testigo, ya de mayor. Juan de Pereda, hijo del jurado, recordaba que, siendo niño, un día apareció por la casa el duque de Alcalá, don Fernando Enríquez de Ribera, un hombre muy erudito, y preguntó a su padre por aquella cabeza antigua. La encontraron arrinconada en un sótano, y el duque, que la apreció muchísimo, dio las gracias y se la llevó en su coche, convencido de que aquel barro era el verdadero rostro del rey, o algo muy parecido.

El niño la describía con precisión: barro cocido y pintado, el pelo corto recortado en redondo y con flequillo, la cara lampiña y algo llena, y un bonete redondo en la cabeza. Por esos rasgos, Gestoso la fechó como mínimo en el siglo XV. Retrato del natural o no, era una pieza muy vieja.

Todo indica que aquel duque era el tercero de Alcalá, Fernando Afán de Ribera, que vivía en la Casa de Pilatos y reunía allí libros y antigüedades. Según el mismo manuscrito, la cabeza acabó en su librería, rodeada de lápidas y esculturas antiguas. Y allí la perdió el descuido: por el poco cuidado de los alcaides del palacio desaparecieron muchas de aquellas piezas, y la cabeza del rey con ellas.

No es la única cabeza con leyenda en una pared sevillana: en el barrio de Santa Cruz está la de la leyenda de Susona.

Hecho o leyenda.

  • Leyenda: el crimen, la anciana del candil y la cabeza como castigo. Primeras versiones escritas conocidas: 1630 y 1677. Ningún documento del siglo XIV.
  • Hecho: en el siglo XVI había en la calle del Candilejo una cabeza antigua del rey (Argote de Molina).
  • Hecho: la ciudad la sustituyó por una figura de medio cuerpo en una hornacina (hecha en 1599, colocación ordenada en 1608).
  • Hecho (según un testigo): el duque de Alcalá se llevó la cabeza vieja a su palacio, donde se perdió.
  • Interpretación: que la cabeza fuera al menos del siglo XV (Gestoso) y que el duque fuera el tercero, el de la Casa de Pilatos.
  • Discutido: si la cabeza vieja era de barro, de piedra o de mármol. Las dos noticias más cercanas, la de Argote y la del testigo, dicen barro.

Dónde escucharla

La leyenda se escucha junto a la esquina del busto, en la parada «El rey, la vieja y el candil» de la ruta «El centro de Sevilla: leyendas y verdades», doce paradas por el centro. La siguiente, «La cabeza que se llevó un duque», sigue el rastro de la cabeza vieja hasta el palacio del duque, donde termina la ruta con «La medida que no era».

Si estás preparando el viaje, en la guía de Sevilla tienes lo práctico.

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