¿Por qué llaman a Edimburgo la Atenas del Norte?
La respuesta corta: porque en el siglo XIX Edimburgo se vio a sí misma como la Atenas de un imperio cuya Roma era Londres. Sin el poder político, pero fuerte en ideas. Tenía con qué presumir, de David Hume a Adam Smith, y quiso que se notara también en la piedra: llenó una colina, Calton Hill, de copias de monumentos griegos. Entre ellas, un Partenón que se quedó en doce columnas.

Atenas frente a Roma: qué quiere decir el apodo
Para entenderlo hay que pensar en la Atenas antigua cuando ya mandaba Roma. Había perdido la independencia y era una pieza más de un imperio enorme, pero seguía siendo la ciudad de los filósofos y de las escuelas. Roma tenía las legiones; Atenas, el prestigio de las ideas. O eso le gustaba pensar a quien se comparaba con ella.
Edimburgo se sentía en una situación parecida. Escocia formaba parte del Reino Unido y de un imperio gobernado desde Londres. Historic Environment Scotland, el organismo público del patrimonio escocés, lo resume así: mucha gente pensaba que, aun dentro del imperio, Escocia debía poder expresar su propia identidad, y la situación se comparó con la de Atenas bajo Roma, absorbida por un imperio mayor pero más fuerte en intelecto y cultura. Edimburgo empezó a verse como la Atenas de la Roma londinense.
Así que el apodo no habla del clima, como sabe cualquiera que haya subido a Calton Hill con viento. Habla del lugar de una ciudad pequeña dentro de un imperio grande.
¿Cuándo empezaron a llamarla así?
Seamos honestos: no hemos encontrado quién lo dijo por primera vez. Lo que sí dicen las instituciones del patrimonio es que el apodo se asentó en el siglo XIX. Edinburgh World Heritage escribe que en ese siglo la ciudad se imaginó como la «Athens of the North», con Calton Hill como su acrópolis.
El historiador Iain Gordon Brown, que le ha dedicado un libro entero, fecha el cambio más o menos entre 1810 y 1840 y añade un matiz: al principio Edimburgo fue la «Atenas moderna», y sólo después se convirtió en la «Atenas del Norte».
Historic Environment Scotland sitúa la comparación en una discusión concreta. En 1816, cuando acababan de terminar las guerras napoleónicas, la Highland Society propuso honrar a los escoceses caídos en ellas. Algunos defendían que el homenaje correspondía a un único monumento británico, levantado en Londres. Edimburgo prefirió tener el suyo. Y en esa pelea por el lugar de Escocia dentro del imperio es donde aparece la Atenas que convive con Roma.
La fama de ciudad brillante venía de antes, con trampa incluida. La frase «Edinburgh is a hot-bed of genius», un semillero de genios, se suele atribuir al novelista Tobias Smollett. En realidad la escribe un personaje suyo, Matthew Bramble, en una carta de la novela Humphry Clinker (1771). Aunque, para ser justos, en esa carta Bramble cuenta que ha tratado a Hume y a Smith. Motivos no le faltaban.
¿Quiénes la convirtieron en Atenas?
Los motivos para presumir tenían nombre y apellidos. En la segunda mitad del siglo XVIII coincidieron aquí unas cuantas personas que cambiaron la forma de pensar sobre la economía, la mente humana o la edad de la Tierra: la Ilustración escocesa.
David Hume, el gran escéptico, se murió en 1776 tan de buen humor que, según escribió Adam Smith, a muchos les costaba aceptar que se le acababa la vida. Al propio Smith, según la Universidad de Edimburgo, nada le gustaba tanto como juntar en un club de las ostras al químico Joseph Black y al geólogo James Hutton para oírlos hablar. Y Hutton, médico de formación y granjero, presentó en 1785 una teoría de la Tierra que miraba el tiempo de otra manera: en las rocas, escribió, no encontraba «ningún vestigio de un principio, ninguna perspectiva de un final».
En 1783 nació además la Royal Society of Edinburgh, una sociedad de sabios, y el nombre de Smith figuraba en la petición de su carta real. Según Historic Environment Scotland, estos logros de la Ilustración reforzaron la comparación con Atenas.
Una acrópolis copiada de un libro
Si una ciudad se cree Atenas, necesita su acrópolis. Edimburgo la encontró en Calton Hill, al final de Princes Street, y la llenó de monumentos de aire griego.
El más fino es el Dugald Stewart Monument, de William Playfair (1831): un templete redondo de nueve columnas con una urna dentro. Lo encargó esa misma Royal Society en honor de Dugald Stewart, catedrático de Filosofía Moral entre 1786 y 1828 y orador célebre. Copia el monumento de Lisícrates, en Atenas, levantado para celebrar el triunfo en una competición coral. Un trofeo de voces para un gran orador: según Historic Environment Scotland, el guiño fue probablemente intencionado.
¿Y cómo se copiaba algo que estaba tan lejos? En buena parte, con un libro: las Antiquities of Athens de Stuart y Revett, cuyos grabados habían difundido el modelo. La Atenas del Norte se aprendió, en parte, en sus láminas.
No fue la única copia. El monumento al poeta Robert Burns, cerca de allí en Regent Road, sigue el mismo modelo. Y ladera abajo, el antiguo Royal High School de Thomas Hamilton (1825-1829) basa el orden de su pabellón central en el templo de Teseo, también tal como aparece en esos grabados. Hamilton, dice la ficha oficial del edificio, reforzó el parecido entre Calton Hill y la Acrópolis, y su escuela afianzó la fama de Edimburgo como Atenas del Norte.
El Partenón que se quedó en doce columnas
La pieza estrella tenía que ser un Partenón, claro, y ese fue el destino del monumento a los caídos de las guerras napoleónicas. En 1822 se lanzó una suscripción de 42.000 libras para levantar un «facsímil del Partenón». Hubo ceremonia de primera piedra mientras Jorge IV visitaba la ciudad, aunque el rey no asistió.
El resto del dinero no apareció nunca. En 1826, al firmar el primer contrato de obra, la caja tenía unas 15.000 libras. La piedra era de primera, cara como la obra misma, y corría la voz de que subir colina arriba algunos de los bloques más grandes exigía doce caballos y setenta hombres. Para 1829 ya no quedaba un penique. Lo que había en pie eran las columnas del pórtico oeste con la viga encima: doce en total, ocho al frente y dos a cada lado.
Desde entonces no han faltado planes para acabarlo: dedicarlo a la reina Victoria, convertirlo en galería nacional o en sede del Parlamento, hacerlo memorial de la Gran Guerra. Todos se quedaron en papel. Y las columnas cargan con un mote de los que escuecen: «el orgullo y la pobreza de Escocia».
Los que no se lo tragaban
No todo el mundo se tomó en serio tanta Grecia. Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro, que se había criado en la ciudad, escribió en 1879 que aquellas columnas, conocidas ya como la Ruina Moderna, le daban a Edimburgo «that false air of a Modern Athens», ese falso aire de Atenas moderna. A medio hacer, remataba, resultaban un monumento muy apropiado para ciertos rasgos del carácter escocés. Con paisanos así, quién necesita críticos.
Quizá esa sea la verdadera respuesta: a Edimburgo la llamaron Atenas por lo que pensaba, por lo que construyó y también por lo que no pudo terminar.
Hecho o leyenda.
- Hecho: el apodo «Atenas del Norte» se asentó en el siglo XIX. Historic Environment Scotland lo explica por la comparación de Edimburgo dentro del imperio con la Atenas que vivía bajo Roma, reforzada por la Ilustración y por la arquitectura neogriega.
- No lo sabemos: quién usó el apodo por primera vez. Según el historiador Iain Gordon Brown, primero se habló de la «Atenas moderna» y después de la «Atenas del Norte».
- Hecho: Calton Hill tiene copias de modelos atenienses: el Partenón inacabado, parado en 1829, y el templete de Dugald Stewart, que copia el monumento de Lisícrates.
- Interpretación atribuida: que el modelo de Lisícrates, trofeo de un concurso de coros, se eligiera a propósito para un gran orador. Historic Environment Scotland dice «probablemente».
- Atribución errónea: lo del «semillero de genios» no lo dice Smollett, sino un personaje de su novela.
Dónde escucharla
Podtour cuenta esta historia en la ruta «La Atenas del Norte: del North Bridge a Calton Hill», doce paradas desde el puente hasta lo alto de la colina. El porqué del apodo se escucha junto al templete de Dugald Stewart, en la parada «Una copia de Atenas»; el Partenón sin terminar tiene la suya, «La Atenas que se quedó sin dinero», y el templo griego que sí se acabó, «Un templo esperando un parlamento». Lo práctico, en la guía de Edimburgo.
Para saber más
- Historic Environment Scotland, «Calton Hill, off Regent Road, National Monument» (LB27820). https://portal.historicenvironment.scot/designation/LB27820
- Historic Environment Scotland, «Calton Hill, off Regent Road, Dugald Stewart's Monument» (LB27835). https://portal.historicenvironment.scot/designation/LB27835
- Historic Environment Scotland, «5 and 7 Regent Road, former Royal High School» (LB27987). https://portal.historicenvironment.scot/designation/LB27987
- Edinburgh World Heritage, «Calton Hill». https://ewh.org.uk/calton-hill/
- Robert Louis Stevenson, Edinburgh: Picturesque Notes, 1879. https://www.gutenberg.org/ebooks/382
- Iain Gordon Brown, Auld Greekie: Edinburgh as the Athens of the North, Fonthill, 2022.
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