Greyfriars Bobby: la historia real del perro fiel, entre la historia y la leyenda

En la esquina de George IV Bridge con Candlemaker Row, a unos pasos de la verja del cementerio de Greyfriars, un terrier de bronce de tamaño natural vigila desde lo alto de una fuente. Tiene la nariz reluciente, y no es cosa del escultor. Es Bobby, el perro que, según la tradición, pasó catorce años junto a la tumba de su amo. Pero ¿qué sabemos de verdad de él?

La estatua de Greyfriars Bobby en Edimburgo.

Lo que dice la piedra

La fuente se levantó en 1873, al año siguiente de la muerte del perro. La firmó un escultor llamado William Brodie, que no tiene nada que ver con el decano ladrón de la Royal Mile del mismo nombre, ahorcado casi un siglo antes. La promovió, con permiso, la baronesa Burdett-Coutts.

La inscripción de la base lo resume en una frase: el perro, fiel, acompañó en 1858 los restos de su amo a Greyfriars y no se alejó del sitio hasta morir, en 1872.

Merece la pena leerla con calma, porque una inscripción demuestra lo que una ciudad quiso recordar, no necesariamente lo que pasó. Que un perro velara una tumba catorce años no lo prueba una piedra. Para eso hay que buscar otros papeles.

El papel más firme: una licencia

El documento más sólido sobre Bobby es un collar. En 1867, los perros sin licencia se recogían de la calle y muchos acababan sacrificados. Ese año, Bobby fue recogido sin licencia en el café de John Traill, donde comía todos los días. El lord provost, el alcalde de Edimburgo, le pagó la licencia y un collar. Ese collar se conserva en el Museum of Edinburgh, junto con el plato en el que comía, que donó la familia Traill.

Hay un detalle simpático. Por las fechas, el lord provost de 1867 era William Chambers, hermano de Robert Chambers, el autor de Traditions of Edinburgh, el libro que recogió las leyendas y los recuerdos de la ciudad vieja. Bobby tenía buenos contactos: quien le pagó la licencia era hermano del hombre que había puesto por escrito las historias de la ciudad.

¿Quién era su amo?

La tradición le pone nombre: John Gray, o Grey, enterrado en Greyfriars en 1858. Tanto Historic Environment Scotland, el organismo de patrimonio escocés, como el museo de la ciudad lo mencionan como el amo de Bobby. Algunas versiones añaden que era policía.

La imagen que mucha gente tiene en la cabeza, la de un viejo pastor bajando de las colinas con su perro, no sale de esos papeles. Sale de una novela. En 1912, la escritora estadounidense Eleanor Atkinson publicó en Nueva York Greyfriars Bobby, donde el amo, «Auld Jock», es un jornalero con manta de pastor que trabaja en las colinas de Pentland. Y fue esa novela, no los archivos, la que fijó la imagen popular de Bobby.

El cine añadió sus propias capas. En una película de 2005, Bobby aparece como un west highland terrier, al parecer para que destacara mejor contra el paisaje de Edimburgo. El museo, por su parte, cree que el Bobby real era un skye terrier, aunque también podría haber sido un dandie dinmont. Ni siquiera la raza está cerrada.

La hipótesis de los dos Bobbies

En 2011, el historiador Jan Bondeson propuso una versión mucho menos tierna. Según él, la historia la empujaron el conserje del cementerio, James Brown, y el restaurador John Traill, para atraer clientes. Bobby sería un perro callejero bien alimentado por el barrio, que se iba a cazar ratas a la iglesia.

Y hay más. Bondeson comparó retratos de la época y le pareció que los perros no se parecían. El primero, según él, era un chucho viejo y bastante feo que murió en 1867. Lo habría sustituido un skye terrier de pura raza, que habría vivido otros cinco años y que es el que se parece a la estatua.

Fíjate en el año: 1867, el mismo del collar. La coincidencia da que pensar, pero conviene ser claros. Es una hipótesis basada en grabados y en prensa, defendida en un libro que no hemos podido leer, y el museo sigue contando la versión de la vigilia. Por cierto, ni siquiera Bondeson lo pinta como un perro triste: lo describe como un perrito feliz.

Una ciudad que decidió creer

Lo que sí está documentado es la velocidad del cariño. Según Historic Environment Scotland, Bobby se convirtió en objeto de culto poco después de morir, y sus memoriales siguen siendo lugar de peregrinación: la fuente de 1873, una piedra que unos amantes de los perros estadounidenses colocaron sobre la tumba de John Grey y un memorial que la Dog Aid Society of Scotland puso en 1981 a la entrada del cementerio. Más de un siglo después de su muerte, seguía recibiendo homenajes. No está mal para un perro al que un día tuvieron que pagarle la licencia.

Y luego está la nariz. Frotarla da suerte, dicen, y de tanto frotarla brilla. El museo pide, con toda la educación del mundo, que no se la toquen, para que la estatua llegue entera a las próximas generaciones.

¿Pasó Bobby catorce años junto a una tumba? Con lo que conservamos, no se puede afirmar ni descartar. Lo que está claro es que Edimburgo lo convirtió en símbolo casi en cuanto murió, y que desde entonces no ha dejado de ir a verlo.

Hecho o leyenda.

  • Hecho: en 1867 recogieron a Bobby sin licencia y el lord provost le pagó el collar, que se conserva en el Museum of Edinburgh.
  • Hecho: la fuente es de 1873, y su inscripción habla de 1858 y 1872.
  • Tradición: la vigilia de catorce años y el nombre del amo, John Gray.
  • Novela: el amo como viejo pastor de las colinas, invención de un libro de 1912.
  • Hipótesis: que fueran dos perros y una buena campaña para atraer clientes. Sin demostrar.
  • Costumbre actual: frotarle la nariz para tener suerte, aunque el museo pide no hacerlo.

Dónde escucharla

Podtour cuenta la historia de Bobby en la ruta «Fantasmas, brujas y leyendas del Old Town», donde cada leyenda se cuenta como leyenda y con su fecha de nacimiento. La parada «Estatua de Greyfriars Bobby» se escucha junto a la fuente, y la siguiente, «¿Uno o dos perros?», ya dentro del cementerio, junto a su tumba.

Y si es tu primer paseo por Edimburgo, la ruta gratuita es «La Royal Mile, del Castillo a St Giles».

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