Burke y Hare: la historia real de los cadáveres que alimentaron la medicina

Casi todo el mundo «sabe» que Burke y Hare eran ladrones de tumbas. No abrieron ni una. Lo que hicieron fue peor, y su historia habla tanto de ellos como de una ciudad que necesitaba cadáveres y prefería no preguntar de dónde venían.

El patio del Old College de la Universidad de Edimburgo.

Una ciudad que necesitaba cuerpos

A comienzos del siglo XIX, las aulas de anatomía de Edimburgo estaban llenas: sólo la clase del doctor Robert Knox pasaba de los cuatrocientos alumnos. Y para enseñar anatomía hacen falta cuerpos.

La ciudad llevaba siglos dándole vueltas. En 1505, el ayuntamiento concedió al gremio de cirujanos y barberos un condenado al año, después de muerto, para estudiar anatomía; en el mismo documento les reservaba el negocio de hacer y vender aguardiente. Desde 1752, además, una ley británica dispuso que los asesinos ejecutados acabaran en manos de los cirujanos, como castigo añadido y «marca de infamia».

Nunca era suficiente. Por eso los cementerios daban miedo de noche, aunque no por los fantasmas. En 1742, al aparecer cerca de la tienda de un cirujano el cuerpo de alguien enterrado en el cementerio del West Kirk, una multitud la destrozó. Las familias montaban guardia junto a sus muertos, y en el cementerio de St Cuthbert's se conserva una torre de vigilancia fechada en 1827.

Navidad de 1827: un ataúd lleno de corteza

William Burke y William Hare eran trabajadores irlandeses de las obras del canal Union. Vivían en Portsburgh, justo fuera de la antigua puerta del West Port, donde Hare alquilaba siete camas a huéspedes.

Hacia la Navidad de 1827 murió uno de los huéspedes, un pensionista enfermo llamado Donald, que le debía cuatro libras a Hare. El cuerpo fue a su ataúd, pero antes del entierro lo abrieron con un formón, lo sacaron y llenaron la caja de corteza de curtidor. Esa misma tarde, en el patio de la universidad, un joven que parecía estudiante los mandó al número 10 de Surgeons' Square, la escuela de Knox. El doctor examinó el cuerpo y pagó siete libras y diez chelines; cómo lo habían conseguido no pareció interesarle. Sus ayudantes les dejaron claro que podían volver cuando tuvieran otro.

Fue el único cuerpo «robado» de todo el caso. Y el único que no mataron ellos.

Dieciséis personas

Después pasaron a fabricar la mercancía. Según la confesión de Burke, mataron a dieciséis personas. Primero las hacían beber; después, en la casa de Hare o en el cuarto de Burke, las asfixiaban.

Burke ni siquiera sabía cómo se llamaban todas. Conocemos algunos nombres: Abigail Simpson, de Gilmerton, que vendía sal y piedra de fregar y era madre de una hija; Mary Paterson; y James Wilson, que tenía dieciocho años. Según un estudio de 1994, doce de los diecisiete cuerpos que vendieron eran de mujeres. Eran personas pobres, mayores, enfermas o de paso, y varias, según ese mismo estudio, no tenían familia que las echara de menos.

La paja y diez libras a la semana

Los descubrió una pareja de inquilinos. A finales de octubre de 1828, James y Ann Gray pasaban unos días en casa de Burke. El día 31, Burke llegó con una mujer a la que había conocido esa mañana, Margery Campbell, y esa noche les pagó a los Gray una cama en otra casa. A la mañana siguiente, Ann buscaba la media de su hijo entre la paja del suelo y Burke no la dejaba acercarse. En cuanto se quedó sola, miró. Bajo la paja estaba el cuerpo.

Helen M'Dougal, la compañera de Burke, intentó comprar su silencio: callar, le dijo a James, podía valerle diez libras a la semana. Ann declaró después en el juicio que no quería dinero «got for dead people», ganado con muertos. James fue a la policía. Para entonces el cuerpo ya no estaba allí: se lo habían llevado en una caja de té. La policía lo encontró al día siguiente en los locales de Knox.

El trato, la horca y la mesa de disección

Hare y su mujer se salvaron declarando contra Burke, y el juicio se limitó al asesinato de Margery Campbell. A Helen M'Dougal se le aplicó el veredicto escocés de «not proven», no probado, y quedó libre. Burke fue condenado a la horca y a algo más: su cuerpo se entregaría al profesor de anatomía Alexander Monro para ser diseccionado en público.

Lo ahorcaron el 28 de enero de 1829 en el Lawnmarket, en lo alto de la Royal Mile, ante unas veinte o veinticinco mil personas; había quien había pagado días antes por asomarse a una ventana. Cuando apareció en el patíbulo, entre los gritos se oyó «Burke him!»: que le hicieran lo que él había hecho. Según la Biblioteca Nacional de Escocia, tres marcas de latón en la acera, en el extremo norte de George IV Bridge, señalan dónde estuvo aquel patíbulo.

Al día siguiente, en el College, los estudiantes que se habían quedado sin entrada para la disección se amotinaron. Hubo porrazos y cristales rotos hasta que el profesor Robert Christison propuso que pasaran en grupos de cincuenta. Y al otro día fue la ciudad la que quiso verlo: pasaron ante el cadáver unas veinticinco mil personas, sesenta por minuto. Su esqueleto se conserva en el museo anatómico de la universidad. Terminó donde habían terminado sus víctimas: en una mesa de anatomía.

Lo que quedó: un verbo, un mito y una ley

Edimburgo no olvidó a Burke, pero lo recordó a su manera. Su apellido se volvió verbo: en inglés, to burke significó primero matar asfixiando y, con los años, silenciar un asunto con discreción. Y nació un mito. Tras el juicio, muchos jóvenes, en Edimburgo y en otras ciudades escocesas, se divertían pegando esparadrapo en la boca de los transeúntes, sobre todo de chicas, hasta que las autoridades tuvieron que tomar medidas muy duras. Con el tiempo, la broma se tomó por el método real, y mucha gente acabó convencida de que Burke y Hare atacaban por la calle con un parche en la boca. Las confesiones describen otra cosa.

¿Y los demás? A Hare y a M'Dougal intentaron lincharlos; lo de que a Hare lo cegaran en un pozo de cal o acabara mendigando en Londres pertenece a la leyenda. Robert Knox nunca fue acusado. Un comité formado a petición suya no encontró pruebas de que supiera que los cuerpos venían de asesinatos, aunque admitió circunstancias que invitaban a sospechar: los tratos con los proveedores los llevaban sus ayudantes y su portero. La calle lo juzgó a su manera: una multitud despedazó un muñeco con su nombre y apedreó las ventanas de su casa. Knox tuvo que dejar su puesto de conservador en el museo del Colegio de Cirujanos y pasó sus últimos años en Londres.

El cambio de fondo llegó con la ley de anatomía de 1832, que dio una vía legal a los cuerpos para la medicina. Su preámbulo recuerda que se había llegado a asesinar para vender cadáveres. Y la torre de vigilancia de St Cuthbert's, según Historic Environment Scotland, quedó inútil en menos de diez años.

Hecho o leyenda.

  • ¿Ladrones de tumbas? No. Su único cuerpo no asesinado salió de un ataúd todavía sin enterrar; los demás fueron dieciséis asesinatos.
  • ¿Un esparadrapo por la calle? Mito, nacido de las bromas posteriores al juicio.
  • ¿Los diecisiete ataúdes en miniatura hallados en 1836 en Arthur's Seat recuerdan a sus víctimas? Es una hipótesis de 1994, sin pruebas y con una objeción: las figuras no distinguen sexo, y doce de los cuerpos eran de mujeres.
  • ¿Conocía Knox el origen de los cuerpos? No se pudo probar. El informe que lo exculpó lo encargó él mismo.

Dónde escucharla

Podtour cuenta esta historia en la ruta «Burke y Hare y la medicina de Edimburgo», doce paradas entre el West Port, donde vivían los dos («No robaban tumbas»), y Surgeons' Hall («El cliente: Robert Knox»). Por el camino aparecen también una mujer que sobrevivió a la horca, las primeras universitarias de Medicina de Gran Bretaña y el cirujano que inspiró a Sherlock Holmes.

Si es tu primer paseo por Edimburgo, empieza por la ruta gratuita, la de la Royal Mile.

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