¿Por qué se llama Puente de los Suspiros? La historia y la fuga de Casanova
Respuesta corta: el nombre se lo pusieron mucho después de construirlo, en la época romántica, y se supone que alude a los presos que lo cruzaban del tribunal a la cárcel y veían la laguna por última vez a través de sus ventanitas. Es una explicación bonita, no un hecho probado. De enamorados, nada. Y la fuga más famosa de aquel palacio, la de Casanova, tal como la contó él, ni siquiera pasó por el puente: acabó en la puerta principal.

¿Cuándo se construyó y quién lo cruzaba?
A un lado del canal, el Rio di Palazzo, está el Palacio Ducal, que albergaba tribunales y oficinas del gobierno. Al otro, la cárcel: las Prisiones Nuevas. Primero se levantó la cárcel; el puente vino después, en 1614, a coserlas por el aire.
Desde fuera parece un solo corredor cerrado de piedra. Dentro hay dos, paralelos, y cada uno conducía a un sitio distinto. Por ellos pasaban los presos entre las salas del palacio y las celdas.
¿Por qué se llama Puente de los Suspiros?
El nombre no nació con el puente. La guía oficial del palacio lo sitúa en el Romanticismo y explica que se suponía referido a los presos: camino de la celda, se asomaban un segundo a las ventanitas, veían la laguna y San Giorgio y soltaban un suspiro. Un último vistazo a la libertad.
Precisamente porque es tan bonita, hay que tomar esa explicación como lo que es: una manera de dar sentido al nombre, no algo comprobado. Tampoco sabemos quién lo usó primero; esa primera mención no la hemos localizado.
Lo seguro es quién le dio fama. En 1818 Byron arrancó el cuarto canto de Childe Harold's Pilgrimage con estas palabras: «I stood in Venice, on the Bridge of Sighs». Estaba en Venecia, sobre el puente, con un palacio a un lado y una prisión al otro. No inventó el nombre, que sepamos, pero lo hizo célebre.
¿Y lo de puente de enamorados? En su historia documentada no hay ni rastro. Romántico, sí, pero del Romanticismo, no del romance.
¿Y el puente de al lado?
La foto de frente se hace desde el puente vecino, el que salva el mismo canal pegado al agua: el Ponte della Paglia. Menos fotogénico, más revelador.
Debe su nombre, el de la paja, a las barcas cargadas de paja que paraban allí. Y Venecia, muy suya, tenía una ley de 1285 que hoy suena a chiste: Palea non vendatur ad Pontem Paleae. Prohibido vender paja en el puente que se llama así por la paja.
Su otra historia es triste. Giuseppe Tassini, el erudito veneciano que en el siglo XIX rastreó el origen de los nombres de calles y puentes, cuenta que junto a la Paglia se dejaban a la vista los ahogados que devolvía el agua, por si alguien los identificaba.
Puestos a buscar suspiros auténticos, quizá estuvieron en este puente y no en el famoso. Eso es una interpretación nuestra, no un dato, pero cuesta no pensarlo.
¿Qué eran los Plomos?
La cárcel más famosa de Venecia no estaba al otro lado del puente, sino en el propio palacio, bajo un tejado forrado de plomo, piombo. De ahí el nombre: los Plomos. Seis o siete cubículos de tablones con planchas de hierro clavadas, reservados a los presos del Consejo de los Diez, el tribunal que juzgaba en secreto y con prisas: delitos políticos, presos sin sentencia o condenas breves.
Su fama es peor que la realidad. El propio museo lo aclara: lo terrible eran los Pozos de la planta baja, húmedos, en penumbra, con lámparas de aceite y agujeros para el aire. Arriba se estaba, por lo menos, mejor que abajo.
El inquilino más célebre de los Plomos fue Giacomo Casanova, veneciano de la parroquia de San Samuele, jugador, aventurero y escritor. Tassini, que no le tenía simpatía, lo despachó como «discolo e furfante», díscolo y granuja. Entró en julio de 1755 y tardó más de un año en encontrar la salida.
¿Cómo escapó Casanova de los Plomos?
Lo que viene lo conocemos sobre todo por él, que lo publicó con todo lujo de detalles en 1788, más de treinta años después: Historia de mi fuga de las prisiones de la República de Venecia que llaman los Plomos. Es su versión, y conviene leerla así.
Asegura que la fecha se la dictó un verso de Ariosto, consultado como un oráculo con un juego de números: «Tra il fin d'Ottobre e il capo di Novembre». Entre el último día de octubre y el primero de noviembre sólo hay un momento, la medianoche. Él jura que no era supersticioso. Nosotros sólo constatamos que obedeció.
El 31 de octubre de 1756 dejó escrita una carta para el tribunal, fechada «Écrit à minuit, sans lumière». Pedía que, si fracasaba, no le castigaran más por intentarlo, y legaba sus pertenencias al compañero que no quiso acompañarle.
Con otro recluso, el fraile Marino Balbi, se abrió paso hasta el tejado. Estando arriba, cuenta, dieron las doce en la campana de San Marcos: comenzaba Todos los Santos. Avanzó de noche por las planchas, encontró una buhardilla, bajó con una cuerda al interior y terminó en la cancillería. Había dejado la celda, no el palacio. El amanecer lo pilló allí, con la ropa rota y las rodillas en sangre.
¿Saltó Casanova al canal?
No. Lo que hizo fue mucho más descarado. Se vistió de gala, con sombrero de encaje de oro y pluma blanca, y se vendó las rodillas. Según él, tenía pinta de volver de un baile tras una noche larga.
Luego cometió, dice, una imprudencia: se asomó a una ventana. Unos holgazanes que andaban por el patio vieron a un señor muy bien vestido donde no tocaba y fueron a avisar al guardián de las llaves, que creyó haber encerrado a alguien sin querer y subió a abrir. Aquella imprudencia, contaría después, fue su salvación.
Casanova pasó de largo ante el guardián y descendió la Escalera de los Gigantes ni despacio ni corriendo. Balbi propuso esconderse en la iglesia; él no quiso, convencido de que en Venecia el templo no protegía a un fugitivo. Atravesó la Porta della Carta, junto a la basílica, y luego la Piazzetta con su mejor consejo: no mirar a nadie, para que nadie te mire.
En el muelle subió a la primera góndola y gritó, para que lo oyeran unos cincuenta barqueros, que iba a Fusina. Prometió pagar un felipe, una moneda española, más de lo que costaba el viaje. Ya en el agua, mandó remar hacia Mestre. Quien preguntara por él, buscaría donde no estaba.
Aquí no estamos sólo ante su palabra. Una relación de la época, recogida en los Notatori de Gradenigo, confirma el embarque en la Piazzetta y el falso rumbo a Fusina. Difiere en un detalle (si se afeitó o no), pero no en lo importante.
Así que olvida el salto desde los tejados al canal. Casanova se fue por la puerta principal, y andando.
Hecho o leyenda.
- Hecho: el puente es de 1614, tiene dos pasillos y une el palacio con las Prisiones Nuevas; Byron lo hizo famoso en 1818. Junto al Ponte della Paglia se exponían los ahogados para reconocerlos. Casanova estuvo en los Plomos desde 1755 y escapó la noche del 31 de octubre de 1756.
- Explicación sin probar: que el nombre venga de los suspiros de los presos. Se ignora quién lo usó primero.
- Su versión: el verso, el tejado y la escalera los cuenta Casanova; una relación de la época confirma el embarque y el engaño de Fusina.
- Falso: el puente de enamorados y el salto al canal.
- Lectura nuestra: los suspiros de verdad, en el Ponte della Paglia.
Dónde escucharla
El puente y su vecino de la paja cierran «San Marcos y sus grandes historias», la ruta gratuita de Podtour en Venecia: doce paradas en algo menos de un kilómetro, de La Fenice a la orilla del Palacio Ducal, sin entrar en ningún edificio. La última parada, «Suspiros, paja y ahogados», se escucha antes del Ponte della Paglia.
La fuga ocupa dos paradas seguidas de «Conjuras y fugas del Palacio Ducal»: «Los Plomos y la carta de medianoche», frente al palacio desde el muelle, y «Sin mirar a nadie: “¡a Fusina!”», en la Piazzetta.
Si estás preparando el viaje, en la guía de Venecia tienes lo práctico.
Para saber más
- Fondazione Musei Civici di Venezia, Palazzo Ducale, guía oficial en inglés (PDF): https://palazzoducale.visitmuve.it/wp-content/uploads/sites/2/2025/07/Guida-Ducale-ENG.pdf
- Giuseppe Tassini, Curiosità veneziane, ovvero Origini delle denominazioni stradali di Venezia, 2.ª ed. (Venecia: Grimaldo, 1872). Internet Archive: https://archive.org/details/bub_gb_pXcnz0In69IC
- Giacomo Casanova, Histoire de ma fuite des prisons de la République de Venise qu'on appelle les Plombs (Leipzig [Praga], 1788; ed. con introducción y notas de Charles Samaran, París: Bossard, 1922). Internet Archive: https://archive.org/details/histoiredemafuit00casa
- George Gordon, Lord Byron, Childe Harold's Pilgrimage, canto IV (1818). Project Gutenberg: https://www.gutenberg.org/ebooks/5131
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