¿Pulgar hacia abajo? Lo que de verdad sabemos de los gladiadores

Conoces la escena. Un gladiador en el suelo, el público en pie y, en el palco, alguien que extiende el brazo y gira el pulgar hacia abajo. Casi todo en esa imagen tiene más de pintura del siglo XIX que de Roma. Lo que cuentan las fuentes antiguas es menos limpio, a ratos más cruel y bastante más interesante.

El exterior del Coliseo de Roma bajo la luz de la mañana.

Un pulgar «vuelto»… ¿hacia dónde?

Juvenal, un poeta satírico, se burla de unos antiguos trompeteros de la arena que se han metido a empresarios y pagan sus propios combates. Cuando el público lo pide con el pulgar «vuelto», cuenta, mandan matar al vencido para quedar bien con la gente. En latín, verso pollice.

Más tarde, Prudencio, un poeta cristiano, pone el grito en el cielo por una vestal, una sacerdotisa que debía ser el colmo del recato, capaz de mandar, girando el pulgar, que atraviesen el pecho del caído. En latín, converso pollice.

Y ahí se acaba lo que sabemos. Los dos hablan de un pulgar vuelto o girado. Ninguno dice hacia dónde. ¿Arriba, abajo, de lado? Nadie lo sabe.

El estudioso Anthony Corbeill propone justo lo inverso de lo que todos imaginamos: el pulgar estirado, un gesto hostil, era la señal de muerte, mientras que el pulgar apretado sobre el índice del puño cerrado pedía clemencia. Es una hipótesis, no una certeza, pero deja en evidencia la imagen que traemos de casa.

La culpa es de un cuadro

¿De dónde sale, entonces, el pulgar hacia abajo? De un lienzo. En 1872, Jean-Léon Gérôme, un pintor francés, firmó Pollice verso: en las gradas, las vestales señalan la muerte del gladiador caído. El cuadro, hoy en el Museo de Arte de Phoenix, en Estados Unidos, fijó esa idea equivocada en la imaginación de medio mundo, y el cine la heredó, hasta Gladiator (2000).

Así que el gesto más «romano» de todos lo popularizó un pintor, a partir de dos palabras latinas que no dicen lo que él pintó.

«Ave, César»: una frase, un lago y una broma

El segundo tópico es el saludo de las películas: «Ave, César, los que van a morir te saludan». Esa frase sí aparece en una fuente antigua, pero, por lo que sabemos, una única vez. Y lejos del Coliseo.

Lo cuenta Suetonio en su vida del emperador Claudio. Antes de desecar el Fucino, un lago de Italia central, Claudio montó allí una batalla naval de exhibición. Un tritón de plata salió del agua, movido por una máquina, y dio la señal con su trompa. Los combatientes gritaron: Have imperator, morituri te salutant. Es decir, «emperador», no «César».

Claudio contestó: «O no», una broma floja, según su traductor inglés. Los combatientes entendieron que los perdonaba y no hubo forma de que pelearan. Claudio se pasó un buen rato pensando si exterminarlos a todos, con fuego y hierro, como dice el texto. Por fin se levantó de un salto y fue dando tumbos por la orilla, amenazando a unos y animando a otros, hasta obligarlos a combatir.

Ni saludo ritual de gladiadores ni Coliseo, que todavía no existía.

¿Todos los combates eran a muerte?

Tampoco. Había reglas. Marcial, un poeta nacido en Hispania y autor de un librito entero dedicado a los juegos con los que se inauguró el Coliseo, cuenta el combate de Prisco y Vero. La norma era pelear hasta que uno alzara un dedo en señal de rendición. Ninguno lo levantaba. El público pidió a gritos, una y otra vez, que los soltaran; el emperador mantuvo su propia regla, aunque les iba mandando platos y regalos. Al final cayeron a la vez, y el emperador envió a cada uno la palma de la victoria y la rudis, una espada de madera que los licenciaba.

Ojo: Marcial escribía para halagar al emperador, y él mismo presenta aquello como algo que sólo había pasado con él. No era lo normal. Pero no es el único caso conocido: en un medallón romano conservado en el museo arqueológico de Nimes, en Francia, aparecen un reciario y un secutor, Xanto y Eros, bajo la inscripción stantes missi, «licenciados en pie».

Los espectadores dejaron constancia de las dos cosas. En el mármol de las gradas del Coliseo grababan, durante las esperas, a sus gladiadores favoritos: con su nombre, como un tal Vindicomus, o con un feliciter, «¡viva!». Al lado, coronas y palmas de victoria. O una theta, la θ, inicial griega de la palabra muerte.

Porque la muerte era real. Según Suetonio, que no le tenía ninguna simpatía, Claudio hacía rematar hasta a los que resbalaban y caían sin querer, y sobre todo a los reciarios, que peleaban a cara descubierta: quería verles el rostro en el momento de morir. No hace falta ningún pulgar para que la escena sea terrible.

Quién salía a la arena

La pareja que más dibujaba el público era el reciario contra el secutor: uno con red y tridente y la cabeza descubierta; el otro con escudo rectangular y casco sin cresta ni ala. Con todo encima, un gladiador podía cargar hasta veinte kilos, y los duelos enfrentaban armamentos distintos pensados para igualar las oportunidades.

No todos eran hombres de oficio. Suetonio cuenta que Domiciano organizó combates nocturnos a la luz de las antorchas, también entre mujeres. Y Cómodo, el hijo de Marco Aurelio, salía por las tardes a la arena como secutor, peleando con la izquierda y con una espada de madera, y se cobraba un millón de sestercios diarios del fondo de los gladiadores. Lo cuenta Casio Dión, senador, testigo de aquellos juegos y nada admirador suyo. Riesgo mínimo, sueldo de escándalo.

Cómo se acabó

Los combates de gladiadores terminaron en el siglo V; las fuentes no se ponen de acuerdo en el año. Teodoreto, que escribió una historia de la Iglesia en el siglo V, cuenta que un monje venido de Oriente, Telémaco, saltó a la arena para separar a los luchadores, que el público lo mató a pedradas y que el emperador Honorio puso fin entonces a aquel espectáculo. Que pasara en el Coliseo es tradición: Teodoreto sólo habla de «el estadio».

Las cacerías de fieras duraron más. En 523, el rey godo Teodorico escribió al cónsul que ofrecía los juegos para pedirle que pagara a los cazadores lo de costumbre: racanear con unos hombres a los que tu espectáculo ha empujado a la muerte, viene a decir la carta, es hacerse culpable de homicidio. Es la última vez que los documentos hablan de cacerías en el Coliseo.

Hecho o leyenda.

  • Pulgar hacia abajo, muerte; pulgar arriba, vida. No consta. Los textos hablan de un pulgar «vuelto», sin decir hacia dónde. La imagen popular la difundió un cuadro de 1872, y la propuesta contraria de un estudioso es una hipótesis.
  • «Ave, César, los que van a morir te saludan». Una sola atestación, en una batalla naval en el lago Fucino, antes de que existiera el Coliseo. Y decía «emperador».
  • Todos los combates eran a muerte. Falso: había rendición, el público podía pedir que los soltaran y hubo empates con licencia para los dos. Pero en la arena se moría de verdad.
  • Miles de mártires cristianos murieron en el Coliseo. No hay registros auténticos; los relatos que sitúan martirios aquí son del siglo V en adelante.

Dónde escucharla

En la visita «El Coliseo por dentro», la sección de la arena, si tu entrada la incluye, tiene dos historias sobre esto: «Prisco y Vero» y «Pulgares y saludos». Y sin entrada, desde la calle, la ruta «Foros Imperiales y Coliseo» te cuenta qué hay de cierto en sus mártires.

Si estás preparando el viaje, en la guía de Roma tienes lo práctico.

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