Gárgolas y quimeras de Notre-Dame: por qué no son medievales

Plántate delante de Notre-Dame y sube la vista hacia las torres. En los ángulos de la barandilla de piedra que las rodea asoma un bestiario fantástico, y una de sus criaturas es tan famosa que hasta tiene nombre propio. Todo en ellas parece gritar «Edad Media». Pero ninguna se subió allí antes de mediados del siglo XIX.

La quimera de la Estrige en la balaustrada de Notre-Dame, París.

Primero, una aclaración: gárgola no es lo mismo que quimera

Mucha gente llama gárgola a cualquier monstruo de piedra de una catedral. En Notre-Dame conviven dos familias distintas, y conviene no confundirlas.

La gárgola tiene un trabajo: desaguar. Recoge la lluvia que baja del tejado y la lanza lejos de la fachada, para que el agua no estropee la piedra. Por eso sobresale en horizontal y casi siempre tiene la boca abierta: por ahí sale el chorro.

La quimera no tiene oficio. No desagua ni sostiene nada. Está sentada en su ángulo, por encima de la ciudad, para que la mires. Decoración pura, y bastante teatral.

Las gárgolas sí son un invento medieval, aunque llegaron tarde a esta catedral. Cuando se terminó el coro, hacia 1190, Notre-Dame no tenía canalones ni gárgolas, y todavía hacia 1210 el agua caía por el borde de las cornisas. Las primeras gárgolas aparecieron hacia 1220 en la catedral de Laon, ya con forma de animales fantásticos. Aquí llegaron con las cornisas rehechas pocos años después, y en París se generalizaron hacia 1240.

Dos matices. Muchas de las gárgolas que ves hoy son, en realidad, piezas rehechas en el siglo XIX. Y esa cronología medieval nos la cuenta, curiosamente, uno de los dos hombres que dibujaron las quimeras: el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, en su gran diccionario de arquitectura.

Una novela, una nota y una obra

Para entender de dónde salen las quimeras hay que volver a 1831. Ese año Victor Hugo publicó su novela Notre-Dame de Paris. En el prefacio contaba que, recorriendo la catedral, había encontrado en un rincón oscuro de una de las torres una palabra griega grabada a mano: ANANKÉ, «fatalidad». Que después la habían raspado o encalado, no recordaba cuál de las dos cosas, y que el libro había nacido de esa palabra. Es una escena estupenda. Pero sólo la cuenta Hugo.

Lo que sí está escrito con todas las letras es la nota que añadió en 1832 a la edición definitiva. Allí decía que uno de los fines principales de la novela era inspirar a la nación el amor por su arquitectura, y lo resumía así: «Conservons les monuments anciens», conservemos los monumentos antiguos.

En 1844 empezó la gran restauración de la catedral, dirigida por dos arquitectos, Lassus y Viollet-le-Duc. ¿Salvó la novela a Notre-Dame? Es muy tentador decirlo. Lo honesto es más modesto: Hugo pidió conservar los monumentos y, unos años después, Notre-Dame se restauró. Que el libro fuera la causa, y menos aún la única, es una interpretación, no un hecho demostrado.

Y una aclaración para los fans: Quasimodo nunca existió. La novela termina con dos esqueletos abrazados en el osario de Montfaucon que se deshacen en polvo al separarlos. Si alguna vez lo imaginaste asomado entre las quimeras, hay un problema añadido: cuando Hugo escribió su novela, las quimeras todavía no estaban ahí.

Cincuenta y cuatro monstruos por encargo

Las quimeras son 54, posadas en los ángulos de la balaustrada que rodea las torres, y no hay dos iguales. Los dibujos preparatorios los hacían los propios arquitectos. El escultor fue Victor Pyanet, que sacaba cada quimera de un solo bloque. En los archivos de la obra, su compromiso aparece redactado con un sentido práctico admirable: hacer todos los «gros animaux qui sont aux angles», los animalotes de las esquinas. Las últimas se colocaron en 1856.

¿Para qué tanto monstruo si no servía de nada? Viollet-le-Duc lo explicó a su manera: recortadas contra el cielo, esas figuras dan vida a las masas de piedra. Mira las torres con esa idea en la cabeza y entenderás lo que quería decir. Son, en el fondo, una Edad Media imaginada por el siglo XIX y ejecutada con oficio de cantero.

La Estrige, una estrella hecha con un grabado

De las 54, hay una con fama propia: la de la pose pensativa. La llaman la Estrige, por un demonio femenino de los mitos antiguos. El apodo no viene de ningún cantero medieval: lo puso en circulación un grabador, Charles Meryon, en una lámina de hacia 1853. Una fotografía de Charles Nègre, de la misma época, contribuyó mucho a hacerla célebre, y esa pose inspiró enseguida a los artistas románticos.

Así que la quimera que muchos toman por «el monstruo medieval de Notre-Dame» debe su nombre y su fama a dos artistas del siglo XIX. Tiene, más o menos, la misma edad que su leyenda.

Hecho o leyenda.

  • Leyenda: las quimeras de Notre-Dame son medievales. Hecho: las dibujaron los arquitectos de la restauración iniciada en 1844, las talló Victor Pyanet y las últimas se colocaron en 1856.
  • Hecho, con matiz: las gárgolas nacieron en la Edad Media, como desagües, pero muchas de las actuales son del siglo XIX. Cuáles son originales, no lo sabemos con lo que hemos leído.
  • Sólo lo dice Hugo: la palabra ANANKÉ grabada en una torre.
  • Interpretación: que la novela salvara la catedral. Hugo pidió conservar y la restauración llegó después; la relación de causa no está demostrada.
  • Ficción: Quasimodo.

El santo con la cara del arquitecto

La restauración del XIX dejó otra firma, más escondida. La aguja medieval de Notre-Dame se había desmontado a finales del siglo XVIII, y Viollet-le-Duc levantó una nueva, inaugurada en 1859. A sus pies colocó dieciséis estatuas de unos tres metros; entre ellas, los apóstoles. Uno, santo Tomás, patrón de los arquitectos, no mira a la ciudad: se vuelve hacia la aguja. El escultor Geoffroy-Dechaume le dio los rasgos de Viollet-le-Duc. El arquitecto se coló en su propia obra.

Esa aguja se vino abajo la tarde del 15 de abril de 2019, durante el incendio. Las estatuas se habían retirado unos días antes por las obras y se salvaron. Santo Tomás fue la última de las dieciséis en volver, en 2025, a la base de la aguja reconstruida.

Buena parte de lo que hoy te parece Notre-Dame «de siempre» es, en realidad, una conversación entre siglos: canteros del XIII, arquitectos del XIX y restauradores del XXI.

Cómo distinguirlas desde el atrio

Desde la explanada delantera, busca en las torres la barandilla de piedra que las rodea: en sus ángulos están las quimeras, pequeñas vistas desde abajo. Las gárgolas, en cambio, sobresalen de muros y contrafuertes, estiradas hacia el vacío. Regla rápida: boca abierta apuntando hacia fuera, gárgola; quieta y mirando, quimera.

Dónde escucharla

Podtour cuenta esta historia en la primera parada de la ruta Notre-Dame y la isla de San Luis, «Notre-Dame: monstruos con fecha», delante de la fachada. La misma ruta sigue con la palabra que Hugo aseguró haber visto y con la aguja y el gallo que sobrevivió al fuego.

Si es tu primer paseo por París, empieza por La isla de la Cité: del Pont Neuf a Notre-Dame, nuestra ruta gratuita: once paradas desde la punta de la isla hasta el atrio de la catedral, justo delante de estas quimeras, siguiendo el último día del último maestre templario.

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