Jack el Destripador: quiénes eran las mujeres de Whitechapel

Se llamaban Mary Ann «Polly» Nichols, Annie Chapman, Elizabeth «Liz» Stride, Catherine «Kate» Eddowes y Mary Jane Kelly: las cinco mujeres que la lista habitual atribuye a Jack el Destripador, asesinadas en Whitechapel y sus alrededores entre el final de agosto y noviembre de 1888. Tenían familia, oficios pequeños y deudas, y sobrevivían noche a noche en las pensiones más pobres del East End. Lo que sabemos de ellas sale sobre todo de lo que amigas, caseros y compañeros declararon ante el juez, y la prensa reprodujo. Sin heridas ni apuestas sobre el asesino: cinco vidas.

Christ Church Spitalfields entre las calles de ladrillo del East End, el barrio de las mujeres de Whitechapel

¿Cómo vivían las mujeres de Whitechapel en 1888?

Todo empieza por una cama. En las pensiones del barrio se cobraba a diario: cuatro peniques la individual, ocho la doble, por un hueco en un dormitorio atestado y el uso de la cocina compartida. Quien no los reunía dormía al raso o en el albergue de caridad, que cobraba la noche en trabajo. Kate y Liz paraban en Flower and Dean Street, el peor suburbio de Spitalfields; Annie y Mary Jane, en la vecina Dorset Street. Era un barrio de inmigrantes, muchos de ellos judíos huidos de la persecución en el este de Europa, y la encuesta de Charles Booth calculó por esos años que un 35 por ciento de la gente del East London vivía en la pobreza.

Polly Nichols: una carta desde una casa con jardín

Mary Ann Nichols, Polly para todos, pasaba de los cuarenta y tenía cinco hijos. Con su padre, herrero, apenas tenía trato. En la primavera de 1888 dejó el asilo de pobres de Lambeth, se colocó de criada en Wandsworth y le escribió. En el texto de la carta que conocemos, le hablaba de árboles y jardín, de unos señores que no probaban el alcohol, y le pedía respuesta.

La última madrugada de agosto, Emily Holland, que había compartido pensión con ella, se la cruzó en una esquina de Whitechapel Road. Polly no tenía para la cama, aunque ese día, contó, había reunido tres veces lo que costaba y se lo había gastado. Prometió no tardar. Pasadas las tres y media, un agente dio con ella en Buck's Row. Emily la describió callada, como si arrastrara alguna pena. Su padre la identificó por una pequeña señal en la frente, de cuando era niña.

Annie Chapman: ganchillo, flores y ocho peniques

A sus cuarenta y siete años, Annie Chapman había estado casada con un cochero de Windsor, y sus dos hijos estaban en una escuela. Cuando dejó de llegar el dinero que le mandaba el marido, supo que había muerto; su amiga Amelia Palmer contó que desde entonces se hundió. Sacaba unos peniques con el ganchillo y vendiendo flores. Aquella semana estaba enferma, y a Amelia le confesó que llevaba el día entero sin probar una taza de té. Tenía un plan: en cuanto su hermana le enviara unas botas, se marcharía a la recogida del lúpulo.

Un sábado de septiembre, de madrugada, el encargado de la pensión la vio comiendo unas patatas en la cocina y le reclamó los ocho peniques de la noche. No los tenía; le rogó que le guardara su cama de siempre, la 29, y salió asegurando que volvería enseguida. Poco antes de las seis, un carretero que vivía con su familia en una casa de Hanbury Street la encontró en el patio.

Liz Stride: el naufragio que no vivió

Elizabeth Stride, sueca de origen campesino, había llegado a Londres para servir. Por su estatura la apodaban Long Liz. Solía contar que había perdido a su marido y a sus hijos en el naufragio del Princess Alice, en el Támesis, en 1878, y que ella escapó con la boca herida. Pero era falso: según los registros que reúne una compilación moderna, John Stride murió en 1884, del corazón. ¿Por qué lo contaba? No se sabe. Recibió varias veces ayuda de la iglesia sueca de Londres, y la viuda de un naufragio despertaba más lástima. Es una hipótesis.

La madrugada del 30 de septiembre, hacia la una, apareció en el patio contiguo a un club socialista de Berner Street abierto a obreros de cualquier país. Arriba, tras el debate de esa noche, todavía se cantaba, también en ruso.

Kate Eddowes: las botas empeñadas

Esa misma noche murió Kate. Catherine Eddowes y su compañero, John Kelly, regresaron de recoger lúpulo en Kent, al final de aquel verano, con los bolsillos vacíos. Para comprar comida, té y azúcar empeñaron las botas de él, y Kelly esperó en la puerta, descalzo. Cuando él ganó seis peniques y le ofreció cuatro para la pensión, Kate le cedió la cama y se fue ella al albergue.

El sábado fue a buscar a su hija con la promesa de estar de vuelta a las cuatro. Por la tarde, un agente la recogió muy borracha de una acera de Aldgate. En la comisaría, al preguntarle cómo se llamaba, respondió «nada». La dejaron salir hacia la una, ya despejada, y se despidió del carcelero con algo así como «buenas noches, viejo». No había pasado una hora cuando la encontraron en Mitre Square. Para el encargado de su pensión, era una mujer «muy alegre, siempre cantando».

Mary Jane Kelly: la que menos conocemos

Casi todo lo que sabemos de Mary Jane Kelly procede de Joseph Barnett, mozo del mercado de pescado, con quien convivió veinte meses. A él le contó que era de Limerick, que se crió en Gales, que enviudó de un minero y que pasó dos semanas en Francia con un caballero. Se hacía llamar Marie Jeanette. Ningún documento independiente lo respalda: es el relato que ella hizo de sí misma. Lo que Barnett sí vivió fue otra cosa: aquel otoño compraba los periódicos y le leía en voz alta cada noticia de los crímenes, por las que ella le preguntaba. Tenía miedo.

Ocupaba un cuarto en Miller's Court, un patio de Dorset Street, y en noviembre debía veintinueve chelines de alquiler. La última noche, una vecina la oyó cantar una canción sentimental sobre una violeta y la tumba de una madre, y pasada la una seguía cantando. A la mañana siguiente, el casero envió a alguien a reclamarle lo que debía.

¿Eran prostitutas las víctimas de Jack el Destripador?

La prensa de 1888 les puso a todas esa etiqueta, pero las declaraciones ante el juez no la sostienen para todas. Emily Holland dijo ignorar de qué vivía Polly; John Kelly juró que nunca supo que Kate lo hiciera. Sobre alguna de ellas, sus conocidos sí dijeron que lo había hecho en ciertas épocas; sobre otras, las declaraciones guardan silencio. Lo que comparten las cinco es la lucha diaria por reunir unos peniques para dormir bajo techo.

¿Por qué se le llama Jack el Destripador?

El apodo nació de una carta. A finales de septiembre, una agencia de noticias londinense recibió un escrito en tinta roja que empezaba con un «Dear Boss», querido jefe, y que estrenaba la firma «Jack the Ripper». Al día siguiente de la muerte de Liz y Kate, la prensa lo reprodujo. Años más tarde, dos altos cargos policiales sostuvieron que lo había escrito un periodista; nunca se demostró, aunque casi todos los que han estudiado la carta la consideran una falsificación. Al asesino no se le llegó a identificar. De él sólo quedó un apodo; de ellas, cinco historias.

Hecho o leyenda.

  • Hecho: los nombres, las pensiones, los oficios y las últimas horas de las cinco, según declaraciones juradas publicadas en 1888.
  • Relato de ellas mismas: el naufragio de Liz, que no ocurrió como ella contaba, y la biografía de Mary Jane, que ningún documento confirma.
  • Engaño probable, no probado: la carta «Dear Boss», que dio al asesino su apodo.
  • Sin base en las declaraciones: que las cinco fueran prostitutas, como dato general.
  • Sin respuesta: quién fue el asesino.

Dónde escucharla

Podtour cuenta esta historia en la ruta «Whitechapel, 1888: las víctimas de Jack el Destripador», trece paradas de Mitre Square a Hanbury Street contadas sin morbo. Kate y Liz se escuchan en Mitre Square, en «Kate vuelve del lúpulo: las botas empeñadas» y «El naufragio de Long Liz»; Polly, en «Polly y la carta desde Wandsworth»; Mary Jane, en «La canción de Miller's Court», y Annie, en «Annie: ganchillo, flores y el reloj de la iglesia». Si estás preparando el viaje, en la guía de Londres tienes lo práctico.

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