El Porcellino de Florencia: ¿por qué se frota el hocico del jabalí?
Respuesta corta: se frota como amuleto, para atraer la suerte o asegurarse el regreso a Florencia, y de paso se le echa una moneda. Pero esa costumbre, que sepamos, no tiene nada de antigua. No la menciona la guía de la ciudad de 1677, y en 1842 el hocico ya relucía por un motivo mucho más prosaico: la gente pobre y los chiquillos se colgaban de él para beber de la fuente. Lo que sí es antiguo es el animal: un jabalí de bronce de Pietro Tacca, copia de una escultura romana que a su vez imitaba un modelo griego.

¿Qué es el Porcellino?
Es una fuente presidida por un jabalí de bronce que suelta un chorro de agua por la boca, en la loggia del Mercato Nuovo, a dos pasos del Ponte Vecchio y de la Piazza della Signoria. Los florentinos lo llaman il Porcellino, «el cerdito», un diminutivo bastante optimista: es un jabalí macho adulto, copiado con todo detalle. El apodo hizo tanta fortuna que se quedó con el sitio, y a esta loggia se la conoce también como la Loggia del Porcellino.
Hay un detalle que suele pasar desapercibido. En 1677, una guía de la ciudad se fijaba en la base de la fuente, poblada de animalillos de agua y de tierra que, según ella, parecían vivos.
¿Quién hizo el Porcellino?
Pietro Tacca, el principal discípulo de Giambologna, el gran escultor al servicio de los Médici. Cuando el maestro murió en 1608, Tacca se quedó con su taller y le sucedió como escultor de los grandes duques. Le tocó incluso terminar obras que Giambologna había dejado a medias, como la estatua ecuestre de Fernando I.
El jabalí lo hizo en el siglo XVII para el gran duque Cosimo II, según las Galerías de los Uffizi. La fecha exacta baila según quién la cuente; una de las fuentes lo sitúa en Florencia desde hacia 1633.
Un jabalí con muchos antepasados: el original y sus copias
Aquí empieza lo bueno. Tacca no se inventó el jabalí: lo copió. El modelo es un jabalí de mármol que apareció en Roma en 1556, en las laderas del Esquilino, y que en 1568 llegó a Florencia, junto con dos estatuas de perros molosos, como regalo del papa Pío IV al duque Cosimo I de Médici. Primero estuvo en el Palazzo Pitti y acabó en los Uffizi.
Desde el principio lo llamaron «el jabalí griego», por lo bien hecho que está. Pero los Uffizi lo explican de otra manera: probablemente es obra de un artista de los siglos II o I antes de Cristo, que se inspiró en un modelo griego de bronce de época helenística, quizá parte de un grupo escultórico de caza. Por eso el animal tiene esa postura tan viva: lo acaba de despertar la llegada del cazador y, asustado, se incorpora sobre las patas delanteras olfateando el aire.
Así que el orden es este: un bronce griego, un mármol romano que se inspira en él, el bronce de Tacca que copia el mármol y, por último, el jabalí de la loggia, que tampoco es el original, porque el bronce de Tacca se guarda en el Museo Bardini. Y la familia no acaba ahí, porque hay réplicas repartidas por el mundo.
La guía de 1677 recoge también un chisme de taller sobre el molde. Para copiar la pieza antigua, un formador tuvo la osadía de sugerir que se le partiera el labio inferior a la estatua. Le mandaron callar y lo despidieron. Tacca resolvió el problema con otro material y sin dejarse ver. Con un regalo del papa no se jugaba.
¿Por qué brilla el hocico del Porcellino?
Para la respuesta más antigua hay que leer a Hans Christian Andersen, el autor danés de cuentos. Conocía bien el jabalí: en abril de 1834, en su primer viaje a Italia, anotó en su diario que la gente parecía besarlo al acercarse a beber y que tenía el hocico y una oreja relucientes de tanto tocarlos. Volvió a Florencia en diciembre de 1840 y en 1842 publicó un cuento titulado El cerdo de metal, dentro de un libro de viajes. Según la edición crítica de sus cuentos, la idea salió de la primera visita. El cuento empieza describiendo la fuente: un cerdo de bronce del que mana agua fresca, al que los años han vuelto de un verde muy oscuro. Todo menos el hocico, reluciente como recién abrillantado. Y da la razón: centenares de chiquillos y de gente pobre lo sujetan para arrimar la boca al chorro y beber.
Ni suerte ni deseos. Sed.
El cuento sigue con un niño pobre que ha pasado el día pidiendo sin conseguir nada. Una noche de invierno bebe del jabalí, cena unas hojas de lechuga y un par de castañas, se sube a su lomo y se queda dormido. A medianoche el animal echa a correr con él por la ciudad dormida: la Piazza della Signoria, la galería de los Uffizi, la iglesia de Santa Croce. Al amanecer, el niño se despide del jabalí con un beso en el hocico. Un beso de cariño, fíjate, no un ritual para pedir nada. Andersen cierra la historia con aquel niño convertido en pintor y con su cuadro de un muchacho dormido junto al cerdo de metal, enmarcado con un crespón negro: el pintor acababa de morir.
¿Desde cuándo se frota el hocico para tener suerte?
La costumbre que verás es otra: se mete una moneda en la boca del jabalí para que caiga por la rejilla y se frota el hocico para asegurarse la vuelta a Florencia. ¿Desde cuándo? No lo sabemos, y esa es la parte honesta de esta historia. La guía de 1677 habla del agua, de los animalillos y del molde, y no dice nada de suerte. Andersen explica el brillo por la sed. No conocemos ninguna mención antigua de la superstición.
La pista más vieja que tenemos es del siglo XX. En 1962 alguien regaló una réplica del jabalí a un hospital infantil de Kansas City, donde, según parece, recaudó mucho dinero. Y en 1968, una marquesa florentina regaló otra a la ciudad de Sídney, en memoria de su padre y de su hermano, cirujanos del hospital de la ciudad, para que las monedas sirvieran al hospital. Su inscripción de 1968 ya la llama «fuente de la buena suerte». Si en los años sesenta el jabalí viajaba con su costumbre a cuestas, es que para entonces estaba asentada. Pero eso es el siglo XX, no el XVII.
Lo más probable es que sea una costumbre moderna, nacida con el turismo. Y eso no le quita encanto: es una tradición en marcha, que crece con cada mano que pasa por el hocico. Lo único que no conviene es venderla como herencia de los Médici.
Hecho o leyenda.
- Hecho: el Porcellino es un jabalí de bronce de Pietro Tacca, hecho en el siglo XVII para Cosimo II. Copia un jabalí de mármol romano de los Uffizi, que llegó a Florencia en 1568 como regalo de Pío IV. El original de Tacca se conserva en el Museo Bardini; el de la loggia es una réplica.
- Anécdota, según una guía de 1677: la del moldeador que quiso romperle el labio al mármol.
- Hecho, según Andersen: en su diario de 1834, el hocico reluce de tanto tocarlo; en su cuento de 1842, porque niños y pobres se agarran a él para beber.
- Costumbre sin fecha: frotar el hocico y echar una moneda para volver o tener suerte. No hemos encontrado testimonios antiguos; en los años sesenta del siglo XX ya viajaba con las réplicas. Que no hayamos encontrado un testimonio no prueba que no exista.
- Sin base: presentarla como una tradición de la época de los Médici.
Dónde escucharla
Podtour cuenta esta historia en la ruta «Leyendas de Florencia», un paseo por las historias que la ciudad se cuenta a sí misma y por su origen real. Se escucha bajo la loggia del Mercato Nuovo, en la parada «El jabalí del hocico brillante». Justo antes, en la misma loggia, «La rueda del Mercato Nuovo» cuenta otra leyenda del lugar: la de la rueda de mármol del suelo, que la guía de 1677 relacionaba con el carroccio, el carro del estandarte de la ciudad, y no con castigos. Lo práctico para preparar el viaje está en la guía de Florencia.
Para saber más
- Gallerie degli Uffizi, «Cinghiale» (ficha de la obra). https://www.uffizi.it/opere/cinghiale
- MUS.E (Musei Civici Fiorentini), «Intorno al Porcellino: letture-laboratori al Museo Stefano Bardini», 15 de septiembre de 2017. https://musefirenze.it/intorno-al-porcellino-letture-laboratori-al-museo-bardini/
- Hans Christian Andersen, «The Metal Pig» («Metalsvinet», 1842), trad. inglesa de Jean Hersholt, H.C. Andersen Centre (Universidad del Sur de Dinamarca). https://andersen.sdu.dk/vaerk/hersholt/TheMetalPig_e.html
- Erik Dal (ed.), H.C. Andersens Eventyr, vol. VII, Copenhague, C. A. Reitzel, 1990, pp. 225-226 (comentario a «Metalsvinet», con el diario de 1834), en Arkiv for Dansk Litteratur. https://tekster.kb.dk/text/adl-texts-hcaeventyr07val-shoot-idm139890595163824.pdf
- Francesco Bocchi y Giovanni Cinelli, Le bellezze della città di Firenze, Florencia, 1677. Internet Archive. https://archive.org/details/lebellezzedellac00bocc
- City of Sydney, «Il Porcellino» (ficha de la réplica de Sídney). https://www.cityofsydney.nsw.gov.au/sculptures/il-porcellino
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